El viernes tuve una clase de PNL tipo ‘you can do it’ para efectos empresariales, trabajo en equipo y demás blahbláses de esos que intentan motivarte, invitarte y coaccionarte al correcto funcionamiento como pieza de un engranaje que intenta a marchas forzadas cumplir un objetivo que poco o nada tiene que ver contigo. Si bien es cierto que el trabajo puede llegar a definir define lo que eres y aunque lo que hagas te haga un poco feliz cada vez mas no deja de ser como un lastrecillo y te ronda la idea de que apesta porque es tan malo que te pagan por hacerlo y con esas malas ideas no hay PNL que valga. Te decía que el viernes tuve ésa clase y en ella decían que se requieren veintiún días de una actividad nueva para desaparecer un hábito o crear uno nuevo. Veintiún días no treinta, ni veintiocho: veintiuno como el Black Jack.
Entonces me vino a la mente la idea de usar el asunto ese de los veintiún días para aplicarlos a otra cosa que traigo y que nada tiene que ver con el trabajo y los objetivos a mediano plazo de la empresa, sino pura y netamente conmigo. Y nada más que conmigo y unos abrazos que estuve compartiendo por muchísimo más que veintiún días y que no he sabido como dejar ir ahora que ya no son. Entonces la tristeza y esos ojillos de borrego a medio morir y las pocas ganas de hacer las cosas y las ganas de llorar que atacan muy temprano: A veces antes de despertar. Y todo por las dosis de abrazos compartidos que resultaban como luz líquida que invadía el cuerpo y coloreaba el alma, (snif, que cursi) y me plagaba la carita de una felicidad difícil de explicar.
Y de pronto la nada.
Pero que bien que al final del túnel hay una manera, una forma, un camino y quienes me rodean lo agradecerán, mi hígado lo agradecerá y el espejo lo agradecerá porque andaba yo que no me calentaba ni el sol y ahora me siento mejor porque sé que según un científico loco cualquiera que sea y gracias a la PNL sólo necesito veintiuno, para dejar de echarte de menos. No treinta, ni contar hasta tres, ni siete sino veintiuno, contando uno a la vez como los adictos. Veintiuno como el Black Jack al que jugamos juntos y en el cual perdí como una vil novata.

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