Nació pasado el medio día de un miércoles. La luna estaba en el segundo cuarto creciente, fue en el décimo primer mes. Su madre le contó que hacía un fuerte viento y aunque no podía comprobarlo, las plantas de los pies, los labios, el cabello, la espalda y los dedos de sus manos le daban todos los días testimonio de ello. Grietas, viento, aparente resequedad. Y el calor, siempre tantísimo calor.
Como buena criatura del desierto al principio dormía en el sopor del día y florecía al frescor de la noche, poco a poco se fue adaptando mujer cactus, a guardar la humedad necesaria para funcionar a las horas del sol. Desarrolló una piel gruesa cuya textura a la vista puede resultar inquietante, parece de escamas pero no lo es, a pesar del aspecto rugoso: Si te acercas lo suficiente puedes apreciar la riqueza interior cubierta de un suave brillo.
Solo si te acercas, sólo si resistes a veces el frío, el apacible y a veces imposible pozo del silencio, las dudas que la asaltan arrastrándose como reptiles, la música del viento, la nostalgia habitual de sus ojos grises.

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