Yo, como mucha gente de mi época no fui inmune al sarampión y a las paperas y me dieron (inevitablemente como en toda familia numerosa que se precie de serlo) entre los cinco y los siete años; fueron contagiados de alguno de mis hermanos mayores o de algún compañerito/a de escuela. Recuerdo más vivamente el sarampión porque lo pasé sola a diferencia de las paperas que me dieron junto con un hermano dos años menor que yo y que no ha de haber sido tan aburrido porque pasábamos el tiempo en reírnos de la hinchazón en la cara del otro.
El sarampión sin embargo, lo recuerdo más traumatizante. Esas ronchas las pasé sola. Mi madre me aisló esperanzada de que no contagiara al resto de mis hermanos. Tenía el cuerpo chinito de ronchas y también me daba fiebre. Me mantenía encerrada en un cuarto y recuerdo que pasaba mucho tiempo dormida, pero una vez que despertaba me atacaba esa sensación de silencio y soledad, desde la cama me enderezaba y asomaba la cara por una ventana que no podía abrirse y veía a mis primos y hermanos jugar en el patio con el ánimo de que voltearan y me echaran un vistazo y que alguien viniera a hablar conmigo, ya estaban advertidos de no acercarse. Al fondo del patio mi madre tallaba alguna ropa en el lavadero escuchando alguna de sus radionovelas, por mas que me desgañitara (así es, dramática desde chiquita, gritaba desde el cuarto encerrado como si alguien pudiera oírme –o me fuera a hacer caso- y lloraba y me rascaba y volvía a llorar por el dolor que me provocaba el rascarme hasta que me volvía a dormir) nadie me atendía.
Yo supongo que en realidad no fue así de dramático porque mi madre iba a verme y a revisarme de rato en rato (recuerdo especialmente un par de cosas que me untaba para la comezón que calmaban mis ansias y me hacían volver a creer en que sí era una hija querida), pero la mayor parte del tiempo me sentía como apestada –le conté recientemente a una de mis hermanas. He tenido padecimientos peores pero ninguno como el jodido sarampión, se lo conté recordando la comezón y el aislamiento. Y a fin de cuentas ni sirvió de nada a los tres que seguían de mi les dio juntos. Al menos ellos si platicaban, se consolaban y se rascaban entre ellos. Entonces la apestada por ser la ahora saludable era yo. Jugando a solas en el patio de mí casa.

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